domingo, 17 de marzo de 2013

Mi tía tiene cáncer y se va a morir. Y eso es así. Ahora mismo siento ganas de matar a todo el mundo, empezando por el médico que fue incapaz de detectárselo a tiempo y terminando en todos aquellos que se piensan que su vida es lo peor por no tener el último Iphone 5.

Me angustia pasar las tardes en el hospital, pero a la vez me ayuda a cambiar mi forma de pensar y de ver el mundo. Hasta hace escasos meses, quizás como mucho un año, yo era una de esas de las que se quejan por todo, de las que lloraban cuando no podía tener los pantalones que yo quería o de las que hablaban mal de sus padres por no dejarme hacer lo que yo quería. Sí, era una de esas de las que ahora me provocan tanto desprecio. Y no me daba cuenta de que siempre he tenido todo lo que yo he querido. He tenido unos padres asombrosos y un hermano que me da la vida. Jamás me ha faltado atención, ni comprensión por parte de ellos, han echo grandes sacrificios para que yo pueda ser y tener lo que yo quisiese, y yo jamás había tenido eso en cuenta hasta ahora, hasta que llega un momento en el que la vida te pide que te relajes, que no eres el centro del mundo, que los problemas son más graves, que tu vida no se puede resumir en usar una talla 36 o 42 de pantalón,  en sacar u 5 o un 9 en un examen. 
Ahora mismo, quizás la vida o quizás el destino ha querido mostrarme la cara B de este mundo. La cara que se esconde en los hospitales. 
Cuando salgo a andar con mi tía, andamos por diferentes plantas, y me doy cuenta de que hay lugares donde los niños no han tenido una infancia con juguetes o con videoconsolas, sino que han crecido con goteros, con sondas y con cáncer, y que duermen junto a la muerte, no junto a su peluche.  Me doy cuenta, de que también hay lugares donde los ancianos son olvidados, donde a veces parecen ser una carga incluso para las enfermeras y en pocas ocasiones se reconoce la lucha que llevan a cabo a pesar de su larga edad. Que hay lugares donde los  mujeres y hombres esperan ansiosos a que sus parejas, hijos o padres salgan de esa maldita habitación llamada "quirofano" y de que el médico de turno les apacigüe su dolor con cuatro simples palabras. Todo a salido bien. Esas palabras que yo todavía no he escuchado, ni creo que las escuche. 
Luego salgo del hospital y me encuentro con personas que hacen más caso a sus móviles que a sus amigos, personas que lloran por que no les funciona el whatsapp, personas que te hablan con desprecio por que han sacado un 6 en un examen y personas que se crean sus propias desgracias. Y yo, parezco inmune a ese tipo de dolor, pero no logro entender como alguien es capaz de odiar su vida por no tener una Reflex o por que tiene que estudiar un montón para ese examen de FilosofíaOjala que todos los problemas fuesen así, ¿no?. Cambiaría cualquier enfermedad por tener que estudiarme toda la filosofía Kantiana. Y estoy segura de que mi tía también. 
No espero cambiar vuestra forma de ver la vida, por que esto no os la va a cambiar. Yo he leído muchos libros que hablan de estos temas, desde "Esto no es justo", hasta "El mundo amarillo", pasando por "Diario de una batalla". He visto series como "Pulseras Rojas" y películas como "La Cuarta Planta", pero nada es comparable con lo que realmente se sufre. Ningún libro es capaz de relatar lo que de verdad ocurre en esos pasillos tan largos y silenciosos, y ninguna película es capaz de mostrar el verdadero dolor del enfermo y de sus familiares. 

Da igual todo lo que hayas dicho, oído, amado, odiado o gritado. Da igual por que, cuanto todo yace marchito, cuando todo parece arañar su final, tan solo querrás seguir oyendo, odiando, amando o gritando todo aquello con tanta fuerza que parecerá que hay cosas en este mundo que jamás de los jamases encontrarán la paz
Juanpa G. Bizarre

No hay comentarios:

Publicar un comentario